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El 9 de noviembre de 1874, Julio Romero de Torres nace, nada menos, que en el Museo Provincial de Bellas Artes de Córdoba, envidiable lugar y cuna para un artista. Su padre, pintor y conservador del museo, fue superado en éxito y fama por su hijo Julio.
Julio Romero de Torres inició su vida artística en una época de corrientes pictóricas enfrentadas. El impresionismo que había aparecido en Francia era seguido en España por Darío de Regoyos, quien enseñó a pintar la luz mediterránea a Joaquín Sorolla. El retratismo fotográfico en los pinceles de Federico de Madrazo. El realismo tipo Courbet, el dominio preciosista del reusense Fortuny, el simbolismo francés, el prerafaelismo inglés, el romanticismo inspirador de su padre y maestro…
Y el artista fue sedimentando, o como se diría hoy, procesando información, tendencias, gustos personales y oficio. Con los vaivenes propios de todo creador, acaba pintando muchachas morenas, agitanadas, con una sólida técnica académica y con unos ligeros toques impresionistas. El atrezzo es marcadamente folclórico: guitarras, mantones de Manila, abanicos, zarcillos…Para algunos, actualmente, su pintura resulta folclórica y localista, pero para otros, ni siquiera eso. Como mucho es el pintor de “la mujer morena”. Una fama escasa e injusta para un artista que triunfó en vida como pocos, y que fue admirado y reconocido por los intelectuales de la Generación del 98.
En sus años triunfales, Julio Romero de Torres era asediado por las mujeres con el mismo entusiasmo con que hoy persiguen a cualquier figura destacada de la canción o de la pantalla.Y además, es posible que produjera un cierto morbo ya que sus exposiciones estaban llenas de lienzos con mujeres desnudas y retratos femeninos.
Su carácter sociable le facilita conocer, durante su estancia en Madrid, a los más insignes y destacados personajes de la época. Asiste a tertulias con Ortega y Gasset, Jacinto Benavente, Manuel y Antonio Machado, Pérez de Ayala y los hermanos Álvarez Quintero. Conoce a Joaquín Costa, y entabla estrecha amistad con Ramón del Valle Inclán. Participa en la tertulia nocturna del Café Nuevo Levante, a la que asisten artistas e intelectuales de la talla de los hermanos Baroja, Ignacio Zuloaga, José Gutiérrez Solana, Rafael de Penagos…
A los 56 años, en 1930, en su máximo apogeo, muere en su casa de la Plaza del Potro, en Córdoba. En señal de luto cierran comercios y tabernas. Su féretro se expone en el Museo Provincial y en el cortejo fúnebre son obreros cordobeses los que le llevan a hombros hasta su última morada en el cementerio de San Rafael. El terreno de la tumba le es cedido a perpetuidad por el Ayuntamiento de su Córdoba natal, donde posteriormente se erige un monumento.
